Nadie quiere a las motos, excepto los motociclistas. Sus madres viven con el corazón en la boca, pensando en lo peor. Los automovilistas los toman como enemigos porque ellos se cruzan por delante y por el costado de los autos; de modo que les tiran el vehículo encima y los obligan a frenadas y a riesgosas maniobras. En cada charco los salpican (también a los peatones). El motociclista es candidato a control en los retenes. Aunque lleve casco, guantes y botas.

En todas partes parece invasor. Hay guarderías, pero no todas aceptan motos. En las veredas está prohibido dejarlas (como los controles son flojos, las dejan igual) y en la calle las golpean los autos. La solución sería establecer sectores para motos en las calles, como en la Capital Federal o en Catamarca.

Si la moto es para trabajar o trasladarse cotidianamente, puede ser un calvario. El motociclista se traga toda la tierra, todo el frío y todas las lluvias. Las calles y avenidas tucumanas, excepto la Mate de Luna, son un desastre de pozos, rugosidades, puntas y arena. Un largo paseo deja el cuerpo molido.

No todo es desventaja. A Perón le encantaban las motos. Por él, a la scooter de sus tiempos la llamaron "la Pochoneta". ¿Qué tienen las motos? No se trata de los saltos y piruetas de Evel Knievel ni de la travesía de "Busco mi destino". No. Es sensación de libertad, de volar y de romper límites. Andar en moto es apenas un placer sencillito, al alcance de cualquiera, más allá del pavimento, del frío, la tierra o la lluvia.